Sembrar la hoja de coca es tener plata pero vivir con miedo”. La frase la pronunció Juan Carlos Moreno Mejía, un cimitarreño que vivió parte de su juventud, sembrando hoja de coca y quien ahora, como muchos santandereanos campesinos, antiguos cultivadores de la hoja de coca, optó por devolverle a sus tierras semillas de paz: cacao, maíz, yuca y plátano, cuyas hojas han reverdecido con la cultura de la legalidad con frutos que han repoblado las 12 mil 700 hectáreas que hace cerca de 12 años había sembradas con hoja de coca en el departamento de Santander.

Hoy la presencia de cultivos ilícitos no supera las 38 hectáreas, según datos de la propia Gobernación de Santander. La tierra de la finca de Juan Carlos, o más bien de sus padres, fue una de las que contribuyó a la dismunucion de ese índice. Tiene poco menos de 13 hectáreas y está ubicada en la vereda El Danubio, en zona rural del municipio de Cimitarra, uno de los municipios del Magdalena Medio santandereano que fue estratégico para el teatro de operaciones del Bloque Central Bolívar de las extintas Autodefensas Unidas de Colombia (Auc).

“Sembrar la hoja de coca es tener plata pero vivir con miedo” Juan Carlos

Los reyes del pavor

‘Los paras’, grupo para el cual sembró coca el campesinado de esta poderosa zona agraria y ganadera de Santander a principios de la década de los ochentas, en su estrategia por apoderarse de Barrancabermeja, puerto petrolero colombiano, para la época fortín del Eln y las Farc, y cuyas filas incentivaron en un primer momento el cultivo de la hoja en la región.

Al final de la década, el área de cultivos ilícitos se intensificó tras la entrada de los paramilitares a la zona, hacia el año 1982, presencia que solo fue notoria hasta 1987 cuando el grupo ilegal, al mando de Henry de Jesús Pérez Durán, perpetró la que es conocida como la primera masacre paramilitar en Colombia, asesinó y descuartizó a 19 comerciantes, en inmediaciones del corregimiento de Puerto Araujo, acción que confesó ante los jueces de Justicia y Paz, y por la que también fue condenado el Estado al comprobarse que fue ejecutada con la complicidad de miembros del Ejército.

Desde el año 2013 hasta la fecha, han sido erradicadas 345 hectáreas de cultivos ilícitos; 23 de ellas corresponden al sur del Cesar, 144 en Norte de Santander, 46 en Santander y 132 en el sur de Bolívar

En esta zona también operó el tristemente célebre comandante paramilitar Camilo Morantes, famoso por su apetito sangriento, y quien en el año 1999 fue ejecutado por orden de Carlos Castaño Gil, jefe de las Auc, tras la ocurrencia de una masacre, en Barrancabermeja, donde 28 personas fueron brutalmente asesinadas, de las cuales 23 fueron desaparecidas forzosamente.

Esta presencia fue pública hasta el 2006, tras la desmovilización, pero años después se ejerció de una manera soterrada, pues aunque hubo un acto formal de rompimiento de filas, las estructuras criminales de estos grupos permanecieron intactas por los menos tres años más.

La tentación

“Para ese momento, la tierrita vivió unos meses de receso, la cosa no estaba fácil por el campo, sembrar estaba más caro que cosechar y la mala época coincidió con que varios que en la casa estábamos estudiando debíamos permanecer en el pueblo para terminar el bachillerato. Entonces, nos vinimos para Cimitarra”, recordó Moreno Mejía quien, para la época -hace 9 años- apenas se asomaba a sus 19 abriles, y quien con la remembranza, intenta ubicar en su memoria el momento en el que la tentación de la bonanza maldita tocó a las puertas de su casa.

“En el pueblo muchos andaban con cosas nuevas: carros, motos, equipos de sonido, ropa, relojes, cadenas. Era generalizado, todos estrenaban neveras y televisores, pintaban sus casas, mandaban a techar un solar o a pavimentar un patio”, contó Moreno Mejía a quien la semilla le llegó igual que a muchos en su vereda: por ‘el voz a voz’ de un vecino.

El motivador del dinero fácil era suficiente aliciente para dejar las tragedias a un lado, y mientras que al demonio no se le mirara a los ojos, se podían abrir las palmas de las manos para continuar recibiendo la plata, producto de los kilos de base y de cocaína que se producían en la región

“Ellos no tenían mucho tiempo de haber comenzado. Nos hablaron de que al igual que a nosotros, la cosecha no había rendido, que era una buena opción la hoja de coca porque tenía un tiempo de cultivo mucho más corto y con ganancias más altas. Fue una moda que permeó el municipio con mucha facilidad porque, aunque sabíamos que era ilegal, no había presión de las autoridades. Sabíamos, por ejemplo, que la gente del Ejército y la Policía se hacían los de la vista gorda porque por algún lado les mojaban la mano”, recordó Juan Carlos.

Lo que quiere decir que si Juan Carlos sembraba hoy una hectárea con plantas de coca, en 2 meses y medio ó 3 podía arrancar la hoja e iniciar el proceso que se llama la raspa (hoja de coca picada).

“La regábamos en un plástico, la triturábamos con una guadaña y cuando estuviera bien fina le añadíamos los químicos”, contó Moreno para luego recitar con precisión de avezado farmaceuta la combinación de insumos que se usaba para obtener el producto final. Gasolina o petróleo, ácido sulfúrico, amoniaco… La receta larga y compleja, el procedimiento dispendioso y hasta peligroso.

Contó que el producido podía comercializarse de dos maneras: Como base de coca, la cual se obtenía luego de pasar la hoja a un laboratorio o ‘chagra’, como lo conocían en la zona, y el kilo de base podía costar entre 2 millones y 2 millones 500 mil pesos, dependiendo de su calidad.

En esta forma de entrega la relación entre cultivo y producido era una hectárea de hoja de coca por cada kilo de base.

La otra ‘presentación’, narró Moreno, era el kilo de coca, que se obtenía luego del procesamiento de la base en un cristalizadero para lograr cocaína de alta pureza, lista para su comercialización, la cual, en las calles de la localidad, tenía un costo que oscilaba entre los 5 millones 500 mil y los 7 millones de pesos.

De esta manera, quienes desearan mayor dinero tenían la libertad de armar un cristalizadero y los químicos eran financiados por los paramilitares, de tal manera que cuando llegaba la hora del pago se ajustaban cuentas para cobrar el valor de los químicos.

“Entonces, obteníamos $5 millones (por hectárea), en un tiempo de siembra, cosecha y producción que no superaba los 6 meses. Esto, por supuesto, era muchísimo más rentable que cualquier cultivo lícito, pues para el caso del maíz o la yuca, que era lo que nosotros sembrábamos, nos demorábamos más del doble en tiempo entre la siembra y la cosecha para obtener apenas la mitad del dinero, involucrando en los dos sembrados toda el área de la finca. Es decir, necesitábamos más tiempo y más área de terreno para obtener mucho menos dinero”, contó Moreno Mejía.

Llegó el dinero, llegó la perdición

Así funcionó el cultivo de hoja de coca en Cimitarra por varios meses. La abstinencia económica de tiempo atrás fue rápidamente solventada con el dinero ilegal, cuyos excesos deformaron la realidad de la localidad.

Muchos, además de saciar sus ansias por adquirir finos electrodomésticos, vehículos y joyas, fueron más allá y, siguiendo el modelo de sus patronos ilegales, a la sombra se dotaron de armas y municiones. Así, con el pasar de los días, la cultura tranquila y cordial de la localidad mutó hacia ánimos hostiles.

“Sí, es que, como podrá imaginarse, había muchos campesinos ‘beneficiándose’ de los cultivos ilícitos, cosechando en el día, comprando en la tarde y derrochando en la noche. Había mucha plata, ya la gente no tenía en qué gastar y más temprano que tarde aparecieron lo problemas, aparecieron los muertos”, acotó Mejía.

“Entonces, la gente comenzó a meterse en el cuento de a poco, sembrando legal pero con algunas matas de coca. Luego, cuando los proyectos despegaron, la gente fue erradicando, y se erradicaba con tranquilidad porque la presencia de la fuerza pública ya había corrido a mucho bandido, entonces no teníamos la presión de las amenazas o los desplazamientos” Juan Carlos

“Ya habían ocurrido varios asesinatos. Pero el primero que yo vi fue cerca a mi casa, en una taberna. Un muchacho discutió con el cantinero por la cuenta, era una cosa sencilla que en otro tiempo se hubiera arreglado con solo hablar, pero la conversación se calentó mucho y el cantinero le pegó cinco tiros; en frente de todo el mundo, el muchacho quedó ahí tirado. En repetidas ocasiones vimos cómo varias vidas acabaron con actos de intolerancia”, dijo Moreno, quien aseguró que la autoridad sí actuaba pero solo para realizar el levantamiento de los cuerpos.

“Luego los hechos criminales se nos convirtieron en una cuestión casi cotidiana y lo peor era que ya no solo eran hechos de intolerancia entre los pobladores sino que también se propició violencia por cuenta de los mismos paramilitares. Recuerdo un caso en particular que conmocionó mucho a la población, en el que unos sujetos que entraron a comprar mercancía (coca) robaron a unos campesinos los kilos, hubo un desacuerdo en el valor de la ‘merca’ y decidieron llevársela sin pagar. Al salir los hombres del predio, varios de los campesinos de la vereda iniciaron una persecución, que al final terminó con dos muertos, un campesino y uno de los delincuentes, y en el hecho otro campesino acabó paralitico, después de ser herido gravemente”.  

La desilusión del dinero fácil

Pese a que la violencia continuaba sumando víctimas, la semilla de la hoja de coca seguía germinando. El motivador del dinero fácil era suficiente aliciente para dejar las tragedias a un lado, y mientras que al demonio no se le mirara a los ojos, se podían abrir las palmas de las manos para continuar recibiendo la plata, producto de los kilos de base y de cocaína que se producían en la región. De esta manera, sin saberlo, los pobladores alimentaban un monstruo que más temprano que tarde terminaría por devorárselos.

“¿Qué recuperamos? Hombre, la tranquilidad. Poder transitar tarde por las calles o caminos sabiendo que nada pasa, poder mirarnos a los ojos sin debernos nada, con la dignidad del dinero trabajado. Recuperamos la paz” Juan Carlos

“De eso nos dimos cuenta cuando el dinero, único factor motivador para seguir en la siembra de hoja de coca, empezó a faltar a pesar de que las producciones de cocaína se mantenían altas. En nuestro caso, como en el de varios en Cimitarra, ocurrió porque los negocios no se estaban haciendo de la forma como se realizaban inicialmente, es decir, pagándole a uno de inmediato los kilos que uno entregaba. Entonces, empezaron a venir por cuatro o cinco kilos, la producción de cada parcela, durante cuatro meses, pero pagaban cuatro o cinco meses después, cuando volvían por una nueva carga. Y hay que recordar que las cargas se hacían con la mayor suma posible de kilos, entonces venían los ‘paras’, vereda por vereda, recogían todo y sumaban una carga que podía sumar los 140 ó 160 kilos, porque había parcelas que producían más que otras”, explicó.

Y agregó que “entonces, esto propició también una debacle económica, porque ya éramos los mismos campesinos los que financiábamos los químicos y el cultivo, y al no tener cómo pagar eso, nos vimos en la obligación de sacar prestado para cada trabajo. Eso hasta que vinieron en una ocasión, se llevaron todo y no volvieron ni a pagar ni a recoger, pero sí a robar. Sí. La cosa se agravó, imagínese que había campesinos que guardaban una que otra carga, y eso se sabía, pues ¿qué hicieron estos señores?, vinieron y comenzaron a robar casa por casa, donde sabían que había kilos escondidos”.

“No era fácil confiar”

Entonces, vinieron las épocas de las nuevas angustias. Antes, con la crisis agraria que indirectamente los llevó a la siembra ilícita, las afujias eran principalmente económicas; ahora, no solo había falta de dinero sino también deudas, robos, homicidios, intolerancia entre los pobladores y una degradación social propiciada por el alcoholismo y la prostitución. Los cultivadores de hoja de coca por fin le veían la cara al demonio.

En este contexto de zozobra económica y social e inconformidad con los patronos del delito, hacia el año 2007 llegó a Cimitarra la primera invitación que desde el gobierno nacional se realizaba para abandonar la siembra de cultivos ilícitos, a través de las gobernaciones y alcaldías.

Y no era fácil para la comunidad volver a tener vínculos amistosos con la institucionalidad pues, de las autoridades -tanto civiles como militares- se pensaba de todo menos que actuaran con buenas intenciones, de tal manera que si había un asomo de un funcionario público, en lo primero que se pensaba era en desconfiar.

“Imagínese, una vez estuvo por acá un trabajador de la ESSA. Por acá todo el mundo se llenó de miedo. Se pensó que estaba haciendo inteligencia o espionaje. Resulta que solo estaba tomando medidas para la ubicación de nuevos postes de luz, en un esfuerzo de la electrificadora por ampliar la cobertura. El señor hizo su trabajo y saliendo de Cimitarra lo estaban esperando para matarlo”, recordó Juan Carlos, quien señaló que por cuenta de este homicidio la electrificación rural se demoró cinco años más.

Las primeras semillas

Pese al clima generalizado de desconfianza, arrancó el primer proyecto de sustitución de cultivos. Fue destinado para una asociación de 66 familias campesinas y pretendía intervenir una zona cercana a las 440 hectáreas que, para ese momento, aún estaban sembradas con hoja de coca.

El proyecto se trabajó con una asociación campesina denominada Asopronal y aunque inicialmente fue un completo fracaso, de él aprendieron todas las entidades intervinientes, para corregir errores en el futuro.

“Se nos entregaron unas semillas con unas expectativas de cosecha muy altas, nos dijeron que rondarían las 700 toneladas  pero al final solo alcanzamos a sacar 600 kilos, yo creo que era una buena semilla pero hizo falta mucho acompañamiento técnico porque ellos estuvieron para la entrega de la semilla, dieron un par de instrucciones y se fueron, por acá nunca más volvieron. Creo que tenían miedo de que los secuestraran o asesinaran.

“A eso se sumaron otras situaciones más serias. Muchos de los beneficiarios desistieron en la siembra, otros vendieron los predios, hubo algunos que fueron desplazados, dos cacaoteros fueron asesinados, eso motivó también el desplazamiento de las respectivas familias y para completar vivimos la primera ola invernal que acabó con todo el cacao que quedó en pie. Fue una nueva desilusión que nos hundió más en la desesperación”, relató.

“Al año, nuevamente arrancó otro proyecto. También involucró a los asociados en Asoprolanpero, esta vez convocó también a otras agremiaciones campesinas de Cimitarra, El Peñón, La Belleza y Landázuri. Se notó que era una cosa más seria, venía con acompañamiento y recursos de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), que fortaleció su presencia en el municipio a través de una oficina que ellos pusieron acá que se llamaba Adam (Áreas de Desarrollo Alternativo Municipal) y que trabajaba de la mano con la Gobernación de Santander y las alcaldías. Ahí nos fue mejor, comenzaron a apoyar las capacitaciones de campesinos en formación tecno-agropecuaria, hubo entrega de recursos tanto en dinero como en especie y el acompañamiento técnico científico para los nuevos cultivos fue más constante”.

“Entonces, la gente comenzó a meterse en el cuento de a poco, sembrando legal pero con algunas matas de coca. Luego, cuando los proyectos despegaron, la gente fue erradicando, y se erradicaba con tranquilidad porque la presencia de la fuerza pública ya había corrido a mucho bandido, entonces no teníamos la presión de las amenazas o los desplazamientos”, recordó Juan Carlos quien aseguró que el éxito del programa lo empezó a ver hace cerca de 6 años, cuando la gente, el voz a voz de la sustitución empezó a calar. “Como le digo, no fue fácil al principio”, asintió.

Recuerda Juan Carlos, quien para ese momento lideró algunas mesas comunitarias de sustitución de cultivos, que con el acompañamiento de todas las entidades intervinientes en el proyecto se realizó un trabajo de persuasión muy intenso: “Ni a nosotros ni a los demás se nos obligó a erradicar, no se nos amenazó con persecuciones judiciales, que eso fue algo bueno, y tampoco llegaba el Ejército o la Policía metiéndose a las fincas, atropellando a la gente para arrancar la mata de coca. Fue una decisión prácticamente de cada campesino, presionada por ayudas económicas para regresar a la legalidad. Entonces, la misma gente empezó poco a poco a darse cuenta de se podía vivir tranquilo sin depender de la hoja de coca, sin los excesos de antes y con mucha dignidad. La última parte del programa funcionó mediando la misma presión social de los campesinos. De los vecinos, pues sí, veíamos mal al que cultivaba. Nunca se le decía nada, pero los unos y los otros sabían la razón de la incomodidad. ‘Vea comadre que hay buenas alternativas. No le haga el juego a esos tipos que deberles a ellos es deberle al diablo’, esa era una frase que yo repetía mucho. Creo que me funcionó”.

Esfuerzo de talla mundial

En la actualidad, el programa, que se inició únicamente con cacao, involucra  otras alternativas con el objetivo de vincular a pobladores pertenecientes a otros pisos térmicos: plátano, caucho, cítricos, frutales de distinta índole como guanábana, café en algunas zonas, aguacate en otras, dependiendo del clima.

Solo el éxito y el reconocimiento se cuentan tras el esfuerzo. La empresa italiana Equolink recibió el premio “Tavoletta d’Oro 2015″ para su línea de chocolates hechos con cacao importado desde cuatro países, entre los que está Colombia con el cacao de la asociación productiva Asoprolan, ahora conformada por 162 las familias que le apostaron a la legalidad, dejando atrás los cultivos ilícitos

“¿Qué recuperamos? Hombre, la tranquilidad. Poder transitar tarde por las calles o caminos sabiendo que nada pasa, poder mirarnos a los ojos sin debernos nada, con la dignidad del dinero trabajado. Recuperamos la confianza en las autoridades; sí trabajan y son nuestros amigos. Recuperamos el respeto, la autoestima, el entusiasmo del jornalero madrugador. Recuperamos la paz”, puntualizó Juan Carlos.